En las alturas del valle de Constanza, atravesando el parque y muriendo en el Play, está la 27 de Febrero, una calle larga y amplia, con pocos árboles, pero con muchas casas que muestran en sus balcones y las galerías una divesidad de plantas y flores.
Bajo las mañanas frías, en tiempos escolares, se escuchan a tempranas horas del día las puertas de las casas que, aun tratando de no hacer ruido, el silencio de la hora delatan a quienes salen para iniciar sus labores.
Cuando la neblina empieza a elevarse y el sol decide salir, los rostros conocidos de aquel lugar empiezan a aparecer. Se encuentra a la típica vecina que cree que con sus visitas madrugadoras a la iglesia compensa los “chismes” con los que desayuna, come, merienda y cena diariamente.
Está la señora de 68 años, quien recorre todo el pueblo en su bicicleta, sin colocar en ningún momento sus manos sobre el timón; al que, de acuerdo a cómo esté vestido, pero sobretodo a la necesidad del momento, puede ser zapatero, obrero, mecánico y hasta carpintero; los que no tienen que hacer y se pasan la mañana, el día y parte de la noche buscando encontrarse en las aceras con el número que “Dios” le manda para jugar la lotería; los niños que al regresar de la escuela juegan el “topao”, las “encondidas”, la “latita” o el “engomao”; se ve además, los gatos que sacados a palos por la vecina, regresan a casa a dormir, comer y a hacer absolutamente nada.
Con la llegada de la noche, los jóvenes se sientan en el techo de la casa a conversar y a ver las estrellas que parecen querer entrar en el pueblo y ser parte de él.
Finalmente, la cuadra se “viste de alegría” cuando, mientras la mayoría duerme, suena una serenata que los despierta a todos y no los deja dormir hasta que termine o, por supuesto, hasta que inician las quejas de los no agraciados con el trinar de la melodiosa voz que interpreta.
martes, 21 de abril de 2009
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