martes, 21 de abril de 2009

La calle

En las alturas del valle de Constanza, atravesando el parque y muriendo en el Play, está la 27 de Febrero, una calle larga y amplia, con pocos árboles, pero con muchas casas que muestran en sus balcones y las galerías una divesidad de plantas y flores.

Bajo las mañanas frías, en tiempos escolares, se escuchan a tempranas horas del día las puertas de las casas que, aun tratando de no hacer ruido, el silencio de la hora delatan a quienes salen para iniciar sus labores.

Cuando la neblina empieza a elevarse y el sol decide salir, los rostros conocidos de aquel lugar empiezan a aparecer. Se encuentra a la típica vecina que cree que con sus visitas madrugadoras a la iglesia compensa los “chismes” con los que desayuna, come, merienda y cena diariamente.

Está la señora de 68 años, quien recorre todo el pueblo en su bicicleta, sin colocar en ningún momento sus manos sobre el timón; al que, de acuerdo a cómo esté vestido, pero sobretodo a la necesidad del momento, puede ser zapatero, obrero, mecánico y hasta carpintero; los que no tienen que hacer y se pasan la mañana, el día y parte de la noche buscando encontrarse en las aceras con el número que “Dios” le manda para jugar la lotería; los niños que al regresar de la escuela juegan el “topao”, las “encondidas”, la “latita” o el “engomao”; se ve además, los gatos que sacados a palos por la vecina, regresan a casa a dormir, comer y a hacer absolutamente nada.

Con la llegada de la noche, los jóvenes se sientan en el techo de la casa a conversar y a ver las estrellas que parecen querer entrar en el pueblo y ser parte de él.

Finalmente, la cuadra se “viste de alegría” cuando, mientras la mayoría duerme, suena una serenata que los despierta a todos y no los deja dormir hasta que termine o, por supuesto, hasta que inician las quejas de los no agraciados con el trinar de la melodiosa voz que interpreta.

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